NOTICIA
EN BUSCA DEL JESÚS REAL

Los creyentes lo veneran como el Hijo de Dios. Los escépticos lo consideran una leyenda. Los artistas lo han plasmado en imágenes que reflejan sus propios lugares y épocas. Y mientras los eruditos debaten la identidad de uno de los personajes más influyentes y enigmáticos de la historia, los arqueólogos que excavan en Tierra Santa ayudan a cribar los hechos de la ficción. 


Por KRISTIN ROMEY 

Fotografías de SIMON NORFOLK 


 El despacho de Eugenio Alliata, en Jerusalén, luce como el centro de operaciones de cualquier arqueólogo que preferiría estar en el campo, ensuciándose las manos. Los informes de excavaciones comparten las atiborradas repisas con carretes de cinta métrica y otras herramientas de su oficio. Se parece a la oficina de todos los arqueólogos que he conocido en Medio Oriente, solo que Alliata viste el hábito marrón chocolate de un fraile franciscano y su cuartel general es el monasterio de la Flagelación. Según la tradición eclesiástica, este monasterio señala el sitio donde Jesucristo, condenado a muerte, fue azotado y coronado con espinas por los soldados romanos. 

 “Tradición” es un término que escuchas a menudo en esta parte del mundo, donde hordas de turistas y peregrinos visitan docenas de sitios que, según la tradición, son piedras de toque en la vida de Cristo, desde su cuna en Belén hasta su sepulcro en Jerusalén. 

Para mí, una arqueóloga convertida en reportera, siempre consciente de que culturas enteras surgieron y se extinguieron dejando pocos rastros, registrar un paisaje antiguo en busca de una sola vida se antoja un esfuerzo inútil. 

El padre Alliata recibe mis preguntas con paciencia. Como profesor de arqueología cristiana y director del museo del Studium Biblicum Franciscanum, forma parte de una misión franciscana de 700 años que cuida y protege los antiguos sitios religiosos de Tierra Santa, y que, desde el siglo XIX, los excava con base en principios científicos. 

Como hombre de fe, el padre Alliata parece en paz con lo que la arqueología puede –y no puede– revelar sobre el personaje central de la cristiandad. “Será muy raro, y extraño, tener pruebas arqueológicas de [una persona específica] de hace 2.000 años –reconoce–. Pero no puedes decir que Jesús no dejó rastros en la historia”. 

De esos rastros, los más importantes –y quizá los más debatidos– son, con mucho, los textos del Nuevo Testamento. Pero, ¿cómo se relaciona la labor de un arqueólogo con esos textos antiguos, escritos en la segunda mitad del siglo I, y con las tradiciones que inspiraron? 

“La tradición da más vida a la arqueología, y la arqueología da más vida a la tradición –responde el padre Alliata–. A veces se compaginan y a veces no”. Hace una pausa y esboza una pequeña sonrisa: “Lo cual resulta más interesante”. 

Y  así, con la bendición del padre Alliata, me dispongo a seguir los pasos de Jesús, desandando la historia que relataron los evangelistas y que interpretaron generaciones de eruditos. Y en el camino espero descubrir cómo comparan los textos y las tradiciones cristianos con los descubrimientos de los arqueólogos que, afanadamente, comenzaron a tamizar las arenas de Tierra Santa hace unos 150 años. 

Sin embargo, antes de iniciar mi peregrinación, necesito explorar una interrogante explosiva: ¿es posible que Jesucristo ni siquiera haya existido, que todo ese relato de vidrios policromados sea pura invención? Es una afirmación que defienden algunos escépticos con firmeza, aunque –según he descubierto– no así los eruditos, en particular los arqueólogos. 

“No conozco a un académico de prestigio que dude de la historicidad de Jesús –dice Eric Meyers, arqueólogo y profesor emérito–. Hace siglos que debaten los detalles, pero nadie que sea serio duda de que es un personaje histórico”.

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