NOTICIA
LAS EDADES DE ANGÉLICA

Sus imperceptibles 46 años los vive en presente, como si el futuro no existiera. La vida ya le enseñó suficiente para no preocuparse de lo que crea la gente. Hoy disfruta sin apuros de su hija adolescente y de su inminente regreso a las pantallas chilenas. 



Por Hernan Díaz.
 

Fotógrafo Mario Alzate.
 Asistente de fotografia Junior Rojas.
 

Producción de moda Francesca Lopresti.
 

Maquillaje y pelo Taly Waisberg para Marc Jacobs Beauty. 

Asistente de maquillaje y pelo Pili Díaz.
 

Locación Miami Beach. 



Durante todo este año ha estado viniendo a Chile por lo menos una vez al mes y aún no deja de sorprenderse. El día de nuestra primera conversación, por la mañana había hecho una intensa aparición en el matinal de Mega, donde evocó momentos muy difíciles de su vida, como la muerte de sus padres y la negligencia médica que, hace trece años, la tuvo a punto de morir después del nacimiento de su hija. El clima de sobrecogimiento y respeto que invadió el set pareció calar hondo en una teleaudiencia que se resiste a olvidarla. 
“Es loquísimo lo que pasa. Llevo 17 años viviendo afuera y la gente sigue igual de cariñosa y cercana. Me tratan casi como si estuviera haciendo un matinal chileno y me vieran todos los días. Es rico sentir eso después de todos estos años”, reconoce. 
Los hitos de la historia que la llevaron a emigrar son conocidos. Después de debutar a los 14 años como modelo, de pasar a la televisión a los 16, de incursionar en teleseries y en la animación de programas en vivo, tenía apenas 23 años y se sentía casi “un vejestorio” (¡qué ironía!) en esa televisión de cinco canales que seguía gobernándonos en esos años. “Sentía que había hecho tantas cosas, pero al mismo tiempo que no había hecho nada”, recuerda. 
En ese periodo, varias veces le habían ofrecido salir de Chile a probar suerte. Olivier Lapidus quiso hacerla su musa cuando tomó el mando de la casa de costura de su padre, Ted. La cadena estadounidense de videomúsica MTV la sondeó cuando Daisy Fuentes anunció su partida. Pero Angélica siempre se mantuvo fiel a una razón para decir no. No es que fuera muy chica o le faltaran agallas, sino la responsabilidad que sentía hacia sus padres enfermos: “No me iba a apartar un solo día de ellos, porque fueron los mejores papás del universo”. 
A su mamá le diagnosticaron cáncer cuando Angélica, la menor de cuatro hermanos, recién entraba a la adolescencia. Fueron cerca de ocho años coexistiendo con la incertidumbre, que la entonces larguirucha rubia de las Monjas Inglesas comenzó a hacer propia a medida que la acompañaba a sus tratamientos y la veía decaer después de cada radioterapia. Así y todo, su madre fue una de las más entusiastas cuando comenzó a modelar y varios años después de su muerte, ocurrida en 1995, Angélica entendió el porqué. Desde entonces colabora estrechamente con la Fundación Nuestros Hijos, una entidad privada que apoya a familias con hijos enfermos de cáncer, entre diversas otras iniciativas de beneficencia que ha apoyado en el transcurso de su carrera. 
En paralelo a la enfermedad de su mamá, la diabetes que sobrellevaba su padre empeoraba hasta dejarlo postrado, falleciendo finalmente en 1998. Y más allá de cualquier cicatriz, el derrumbe personal que supuso la pérdida de sus padres en tan corto periodo, le dejó lecciones que siguen siendo importantes: “Soy una persona que cree en el hoy, no funciono en modo mañana. Me pasó tantas veces proyectarme, planear hacer tal cosa, pasar las vacaciones en tal lado... pero sonaba el teléfono de mi casa y todo cambiaba. Esa fragilidad con la que se podía desarmar el rompecabezas uno la incorpora en la propia vida. Por eso hoy no planifico mucho”. 
“Yo era chica, me tocó vivir el cáncer de mi mamá en una época en que para hacerte una radioterapia tenían que aislarte, había que hablar por un vidrio, pero así y todo veo como una bendición todo lo que he vivido”, agrega sin perder la sonrisa. 
El hecho de haber vivido tan conscientemente desde chica, dice, le permitió entender dos cosas. Una fue comprender qué es la orfandad y que no hay nada más doloroso que sentirse abandonado. La otra, la necesidad humana de cultivar la empatía: “Yo era la más chica de los cuatro hijos y si bien tengo dos hermanas y un hermano que son lo máximo, ellos no eran mis papás. Fue difícil interpretarlo, pero mis padres me dejaron un legado que consiste en tratar de entender a las personas y, sin cambiar mi esencia, transformar el dolor”. 

Sigue la entrevista en Revista Caras Chile, Septiembre 2018.

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