NOTICIA
LAS VOCES DEL CHERNÓBIL CHILENO

Solo en las emergencias ambientales, como la registrada en las últimas semanas, vuelven a escena. Acostumbrados a vivir entre derrames e intoxicaciones, son la prueba del desastre que convirtió a la bahía de Quintero y Puchuncaví en zona de sacrificio. Aquí el testimonio de quienes viven en un área que pese a estar saturada hace 25 años y tener 19 industrias funcionando, continúa aprobando nuevos proyectos. El drama de los hombres verdes que ahora demandan delitos de lesa humanidad. 


Por Claudia Paz González y Silvia Peña P. 
Fotos Diego Bernales 

El sábado 21 de agosto Javiera (15) comenzó a sentir dolor de cabeza mientras estaba en clases en el Liceo Politécnico de Quintero. Luego vinieron las náuseas, los mareos y una sensación de desmayo que la llevó hasta el policlínico. A esa misma hora otros niños, trabajadores y habitantes de la comuna sintieron síntomas similares y al poco rato los pacientes colapsaban los centros de salud del puerto. Una nube amarilla avanzaba sobre la bahía. En total, al cierre de esta edición, 358 intoxicados con óxido de azufre, alerta amarilla, suspensión de clases en la comuna, un director empresarial renunciado y Enap sindicado como presunto culpable. 
Son escenas largamente repetidas para los habitantes de Ventanas, Puchuncaví y Quintero. Una zona que ya en 1993 fue declarada saturada de contaminación por anhídrido sulfuroso y material particulado respirable. Sin embargo, hoy suman 19 las compañías instaladas en la zona. 
Con anterioridad se han registrado acusaciones por intoxicación: las de la escuela La Greda (2005, 2011, 2015), numerosos derrames de carbón y petróleo en Quintero (el último en julio pasado) y centenares de peces muertos en la playa de Ventanas (2005, 2009 y 2013). Sin embargo, lo más grave son las muertes y enfermedades sufridas por los ex trabajadores de la Fundición Ventanas (ex Enami), denunciadas desde hace 10 años por la Asociación gremial regional de ex funcionarios de Enami fundición y refinería Las Ventanas V Región (Asorefen) y el colectivo de viudas. Todos ellos acaban de presentar una querella por delito de lesa humanidad en contra de quienes resulten responsables de los daños provocados a la población civil producto de sustancias tóxicas de las empresas que funcionan en Quintero y Puchuncaví. De ser acogido uno de estos casos, se podría venir una oleada de demandas al estilo de Erin Brockovich contra la compañía Pacific Gas and Electric (PG&E) de California en 1993. 
Detrás de esta acción están los hombres verdes. Llamados así porque sus cuerpos han manifestado los efectos de la contaminación a través de dolorosas llagas de color verde intenso, ampollas expandidas por toda la piel y tejido verdoso al interior de sus órganos. Agustín Cuevas Garrido (78) es uno de ellos. Vive en Quilpué y ha sido operado dos veces y cada vez los médicos encontraron residuos verdes en sus órganos. Su historia representa a la de muchos. 
“A los 28 años, mi gran ilusión era trabajar en una empresa grande como Enami. Todavía recuerdo la felicidad que sentí cuando ingresé. No sabía que iba a terminar en el área de los comandos, reconocida como la más expuesta a la contaminación y donde circulaba el mito de que todos salían con silicosis. Ahí estuve hasta 1995, tiempo en el que me acostumbré a salir con la boca dulce, agría y vi que la mayoría de mis compañeros eran diagnosticados con diabetes y otras enfermedades. Mucho después supe por los médicos que el concentrado de ácidos más la transpiración y los polvos de cobre facilitaban el proceso de absorción de sustancias en el organismo”, señala. 
Un día, camino a la sala de control, sintió un intenso mareo. “Tuve que apoyarme en la muralla para no caer. Pude reincorporarme, pero al día siguiente, la molestia volvió con mayor intensidad. Se me doblaron las piernas y vi la sangre correr por mis ojos. Partí al policlínico de Ventanas, donde me diagnosticaron úlcera estomacal. En el hospital San Roque de Valparaíso me atendió el doctor Julio González Pardo. Su diagnóstico fue lapidario: ‘Tu úlcera se está transformando en cáncer, hay que operar inmediatamente’, me dijo. Pero en la intervención vio que todo estaba verde y lo único que el equipo médico pudo hacer fue un raspaje en los intestinos y prácticamente hacerme el estómago de nuevo”. 
Tuvo suerte. Luego de estar en la UTI y quedar en los huesos, se recuperó. “Pero un año después me tuve que operar de vesícula y el mismo doctor me extrajo nódulos verdes. Al tiempo, volví a la empresa y todos me decían que daba susto. Mis jefes me aconsejaron retirarme, porque con el humo del lugar volvería a enfermarme. Durante todo el proceso, ni el departamento de bienestar ni el sindicato se dignó a visitarme. Todos sabían que el espacio estaba contaminado, pero nadie decía nada y frente a la necesitad de trabajar no había otra alternativa. Finalmente, me presionaron para jubilarme obligándome a firmar un papel en el que me retiraba voluntariamente, pero no reconocían la responsabilidad de la empresa en la enfermedad”. 
Fernando Venegas Armijo (78), compañero de Agustín, era operario de la nave electrolítica: “Cuando nos íbamos a duchar al final de la jornada, nos apretábamos los brazos para ver cómo salía agua verde por los poros. Se lo decíamos a los jefes, pero para la empresa era todo normal. A ellos nunca les interesó nuestra seguridad, ni el daño en la salud. No existía la prevención de riesgos. Los capataces eso sí, siempre reconocieron que cuando los alemanes instalaron la fundición, lo primero que dijeron es que los operarios de la nave electrolítica no podían estar más de 10 años trabajando porque se contaminaban. ¡Una advertencia ignorada por décadas!”, exclama. 

Reportaje completo en Revista Caras Chile, Septiembre 2018.

CONOCE NUESTRAS REVISTAS VER TODAS
Logo

Rosario Norte #555 piso 18, Las Condes
Santiago, Chile
Suscripciones: 600 595 5000
Teléfono : (56-2) 2595 5000
Desarrollado por Bhstudios

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER
Webpay
ACCESO PROVEEDORES
desarrollado por biohazard interactive