NOTICIA
EL REGRESO DE PATRICIA RIVADENEIRA

Crucifixión y y gloria


La actriz que dejó la diplomacia para volver al teatro y las teleseries desclasifica los pecados de la elite chilena, “una casta codiciosa que menosprecia a la gente”. Deslenguada y valiente, dice que se crucificaría otra vez con tal de defender la libertad democrática, “porque el destape en esta sociedad aún no ha terminado”.


Por: Alfredo López J. 

Fotos: Jerónimo Berg   

Producción: Marcelo Madariaga   

Maquillaje y pelo: Carla Gasic   
Agradecimiento a Galería Patricia Ready


Como un ángel exterminador, que dispara y arremete. Patricia Rivadeneira (53) no intenta complacer a nadie y su rebeldía se mantiene a raya. Todo parece estar intacto en la cabeza de la musa chilena de la resistencia, la marianne de la lucha contra Pinochet, la misma que daba discursos de combate vestida con globos de helio que después volaban para dejarla desnuda en el escenario. Nunca se acobardó. Hace 25 años, atada a una cruz y apenas envuelta por una bandera, fue protagonista de una acción considerada subversiva en un entonces acartonado Museo de Bellas Artes. Un muy respetado Gabriel Valdés gritaba desde el recién reinaugurado Congreso Nacional que el acto había sido “una porquería de mal gusto, vulgar, que le daba náuseas” y hasta el presidente Aylwin, en plena transición, salió al paso con una vocería diciendo que se trataba de “escenas repudiables”, indignas en un lugar público.

En el cine, en el teatro, era vista de manera opuesta. La musa de directores como Gonzalo Justiniano, Raúl Ruiz y Cristián Galaz. Una niña de belleza perturbadora, de mirada penetrante y piel pálida de Ofelia que inquietaba a una tímida pantalla de apertura democrática. Así, aprendió a tenerle indiferencia al temor. Se hizo fuerte cuando     —en plenos años de incertidumbre— llegó el OS7 a su casa en busca de marihuana y cocaína. Fue procesada, defendida y liberada desde el Centro de Orientación Femenino (COF) en Vicuña Mackenna. Nada logró callarla. “No se me ocurría tener miedo”, dice. Siempre pareció ser grande para su edad. A los 18 se fue de la casa y entró a la escuela de Teatro de Fernando González, donde fue la mejor de la clase. Desde 1991 formó Las Cleopatras, un elenco underground junto a sus amigas Cecilia Aguayo, Tahía Gómez y Jacqueline Fressard. Con Jorge González, en la música, el colectivo de mujeres fue otra cachetada para un país entonces demasiado machista y conservador.

Cuando fue crucificada en el Bellas Artes, en una performance creada por Vicente Ruiz, recuerda que la idea era llamar la atención en torno a la prevención del SIDA y las minorías sexuales. “Fue un hito porque una mujer joven se apoderó de un símbolo fáctico propio de los hombres, propio del Ejército, como lo es la bandera. Y la cruz también es propiedad masculina, Dios fue hombre. Eran símbolos privativos para nosotras. En ese contexto, además, nos acompañaba una procesión de homosexuales y mapuches. Quedó la grande. Fuimos criticados por gente de la Concertación y en El Mercurio me dibujaron con cachos y cola. Nos satanizaron”.

¡La niña Rivadeneira Ruiz-Tagle! ¡Cómo es posible! Era lo más liviano que se escuchaba en torno a esta ex alumna de las Monjas Inglesas y Las Ursulinas, una actriz debutante y de origen acomodado que lograba apoyo y consuelo en la clandestinidad, muy lejos de Twitter o de las redes sociales de ahora.

—Era una ‘niña bien’, pero rebelde y problemática.

—Sí, y además fui madre soltera. Eso ya era difícil.

—¿Cómo respondía su familia?

—Estaba muy alejada de ellos. La verdad no tengo idea de cómo me veían. Seguramente pensaban en mí como la madre soltera, la mujer combativa que corría riesgos. Pero era un rechazo mutuo, ellos no me aceptaban y yo tampoco compartía el modo de ellos. 

—¿No se arrepentía de asumir una posición tan radical?

—No, porque eran decisiones políticas. Eran cosas profundas, como determinar, por ejemplo, qué clase de artista quería ser, en qué proyectos había que trabajar. Admito que a veces me daba pena, angustia y ansiedad. Pero sentía que tenía que hacerlo, sobre todo en ese momento.

—¿Pondría a una hija en un colegio de monjas?

—Jamás, lo pasé pésimo en el colegio, me aburría como hongo. Pero también admito que fue en el colegio donde me propuse ser actriz.

—¿Qué piensa de la elite chilena?

—Los sigo encontrando de los más rotos que hay, espantosamente siúticos. El gusto por la ostentación y la codicia siempre me ha parecido pésimo. Me carga esa valoración exacerbada del dinero. Odio a los que dicen, por ejemplo: “está forrado”. Es de muy mal gusto hablar de plata. La elite sigue siendo una casta que menosprecia a la gente. El gran pecado de la elite chilena es la codicia.

—Como diplomática en Roma, ¿alguna vez sintió vergüenza de esta elite chilena?

—Muchas veces. Hay gente muy inculta. No fue fácil, yo misma me tuve que reeducar para resistir algo que no conocía del todo.

Asegura que el destape en Chile ha sido lento y tardío. “No ha terminado y sigue siendo algo loco. Por ejemplo no he visto en otro país que la gente fume tanto pito en la calle como en Chile. Después del Caso Zamudio veo a los homosexuales tranquilamente atracando en la calle. Chile se ha liberado, hay una necesidad de mostrarse. Pienso que los destapes sólo terminan cuando se vuelve a lo de antes, como en Europa donde las mujeres ya no hacen topless, sino que volvieron a los trajes de baño antiguos”. 


Entrevista publicada en Revista Caras, Noviembre 2017.

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